Dentro de las corrientes actuales que propugnan una humanización de la atención médica y psiquiátrica, es importante hacer un repaso de este mismo proceso centrándonos en un área tan compleja como es el tratamiento de las adicciones, cuyo foco de atención ha sufrido numerosos cambios desde hace más de un siglo.

Es un hecho constatado la presencia de problemas de adicción a lo largo de la Historia, en especial por alcoholismo. Sin embargo, la forma de abordarlos se ha visto afectada por numerosos prejuicios de tipo moral, religioso e incluso político, prejuicios que aún hoy  podemos encontrar países en los que prevalecen estos planteamientos.

A principios del siglo XX, la intervención terapéutica en drogodependencias si inició al amparo de las ideas higienistas. En muchos países, el enfoque se basaba en la penalización y el castigo, con medidas centradas casi exclusivamente en el encarcelamiento de los alcohólicos o adictos, no por motivo de delitos, sino por una cuestión de salud. Las cárceles y los manicomios eran los lugares de destino donde confinar a los adictos.

A partir de los años 70-80 del siglo XX, cuando los problemas derivados del consumo de drogas ilegales, en especial la heroína, hacen eclosión, se configuran distintas percepciones sociales del toxicómano, pero en especial dos puntos de vista dominantes. Por un lado, los que consideraban al adicto un “enfermo moral”, para los cuales se trataba de un vicioso o degenerado que padecía las consecuencias de un vicio irrefrenable, cuya difícil curación tenía que pasar por una especie de arrepentimiento. Por otro lado, los que lo consideraban como un “enfermo social” hacían hincapié en la dependencia y el abuso de sustancias como la expresión del malestar de los jóvenes por una sociedad consumista, individualista, sin alicientes y que en última instancia alienaba al individuo, que caía en la adicción como consecuencia de un entorno tan agresivo.

Eran tiempos convulsos, protagonizados por importantes movimientos sociales y crisis del sistema, todo lo cual se vería reflejado en el propio sistema de asistencia sanitaria, con una reforma psiquiátrica que dejaría atrás el modelo protagonizado por los manicomios para empezar a abrir el abanico a los centros de salud mental, unidades de hospitalización psiquiátrica, centros de día, hogares tutelados…

Pero el avance de los años traerá consigo un aumento en el consumo de drogas en la población en general y, con ello, un aumento de las solicitudes de tratamiento que desbordaría la incipiente red de asistencia. Aparecerán progresivamente, o se incrementarán los ya existentes, centros ambulatorios, comunidades terapéuticas, unidades de desintoxicación hospitalaria, y centros de día… Pero la filosofía de los programas de tratamiento está impregnada todavía por aspectos legales y de justicia.

El “alcohólico”, el “toxicómano”, igual que el delincuente, tiene que reconocer los hechos, confesarse culpable, estar dispuesto a enmendarse y ponerse en el camino de los que le atienden y saben qué es lo mejor para él. Las circunstancias personales, la comorbilidad psiquiátrica, la consideración del historial de consumo, los posibles problemas familiares, la salud mental o física… apenas son tenidas en cuenta en los tratamientos. Sin embargo, son tiempos en los que la imagen social anterior de las personas con problemas de adicción como “borrachos”, “alcohólicos” o “locos” fue cambiando a hacia la de “toxicómano”.

A finales de los años 80 y principios de los 90 el enorme impacto del SIDA en las personas con  drogodependencia hizo aparecer el paradigma de la reducción de daños dentro de los tratamientos de la adicción con el fin de contener la difusión de la enfermedad. Paralelamente, la investigación de la comorbilidad psiquiátrica en usuarios de drogas puso de manifiesto la importancia de las patologías duales en el origen y mantenimiento de las conductas adictivas (problemas de ansiedad, depresión u otros asociados a la adicción). Es por ello que la imagen de la toxicomanía fue perdiendo algunos estigmas como ser viciosos, vagos o marginados para pasar a una visión de enfermos cuyo tratamiento necesita un planteamiento terapéutico adecuado, más personalizado y respetuoso con sus circunstancias, en el que se presta ya atención al sujeto y se tiene en cuenta su experiencia.

Es una etapa que servirá de antesala al momento actual, en el que el modelo médico tradicional ha dado el paso hacia el modelo bio-psico-social, centrando la atención en la relación de lo físico, psicológico y social de la persona con problemas como punto de partida para poder ayudarle. Desde esta visión, se destaca la importancia de la escucha activa de la vivencia del problema por parte del adicto, se evitan los tratamientos iguales para todos con el fin de poder atender las diferencias individuales y, por encima de todo, se evita la estigmatización y los prejuicios.

Para poder atender adecuadamente esta realidad compleja, se debe concebir la asistencia considerando los siguientes principios:

  • Todo paciente con un problema de adicción tiene derecho a un tratamiento digno, adecuado a sus características y basado en evidencia científica.
  • La asistencia, tratamiento e intervenciones deben realizarse desde una responsabilidad compartida entre los profesionales y el paciente, tratando de elegir el tratamiento más adecuado para éste, teniendo en cuenta su opinión sobre el problema y la manera de resolverlo.
  • La responsabilidad compartida supone que el tratamiento debe contar con la libertad y el compromiso del paciente.
  • La asistencia debe ser normalizada, de forma que los problemas con las drogas se puedan plantear como un problema más de salud en la persona, en su contexto, y sin visión ni trato marginal.
  • El tratamiento debe ser profesional, dado que requiere una formación y práctica especializado en la Medicina y la Psicopatología de las adicciones.

El tratamiento humanizado para las adicciones debe basarse en la evidencia científica, ser voluntario, confidencial y con consentimiento informado.

El compromiso personal y acompañamiento emocional son esenciales para un tratamiento humanizado, motivacional y funcional hacia la máxima diferenciación y autonomía de los pacientes y su entorno mas cercano.

Dr. Augusto Zafra. Psiquiatra. Director de IVANE SALUD.

Fermín Ferrero. Psicólogo de IVANE SALUD.

Unidad de Salud Mental y Psiquiatría Hospitalaria en Vithas Hospital Nisa Valencia al Mar.

Clínica de Desintoxicación y Patología Dual en Vithas Hospital Nisa Aguas Vivas.