Las “voces” son todavía hoy un tema tabú en nuestra sociedad, donde con demasiada frecuencia son vistas como un fenómeno tan intrigante como estigmatizador.

Las voces no son “algo nuevo”. Si bien podrían haber surgido ya con el Homo Sapiens, las primeras referencias escritas datan del 1050 AC en Mesopotamia, donde eran atribuidas a un castigo de los dioses. Esta concepción sobrenatural de la enfermedad mental se va a mantener a lo largo de la historia, habiendo sido consideradas durante mucho tiempo una experiencia divina, o la expresión de una lucha entre el bien y el mal. Aunque ya en la Antigua Grecia se planteó la posibilidad de que tuvieran un origen interno (como el “exceso de bilis negra” de Hipócrates) no es hasta el siglo XIX cuando, de forma paralela al nacimiento de la Esquizofrenia, se deja de lado la preocupación por el significado de las alucinaciones para centrarse en los mecanismos neurológicos subyacentes.

La alucinación es considerada como una experiencia involuntaria de tipo perceptivo que se produce en ausencia de un estímulo externo aunque es percibida por el sujeto con toda la fuerza e impacto de una percepción real.

En la actualidad, el concepto actual de “Alucinación” no dista mucho de las definiciones propuestas por Esquirol o Baillaguer en el siglo XIX, siendo considerada como una experiencia involuntaria de tipo perceptivo que se produce en ausencia de un estímulo externo aunque es percibida por el sujeto con toda la fuerza e impacto de una percepción real. A nivel clínico, adquiere importancia su clasificación no sólo según la modalidad sensorial sino también según la conciencia de irrealidad por parte del sujeto y la localización, considerándose “pseudoalucinaciones” aquellas que tienen lugar en el espacio interno (en “la mente”) y “alucinaciones verdaderas o sensoriales” las que, en cambio, son percibidas desde el exterior.

En relación a la etiología se han propuesto numerosas hipótesis. Desde un punto de vista bioquímico es conocida su asociación con diferentes neurotransmisores, entre los que destaca la Dopamina, cuyo incremento a nivel del sistema límbico, ya sea en contexto de una Esquizofrenia o como efecto secundario de determinadas drogas o fármacos, se asocia con la aparición de síntomas positivos. La acetilcolina parece también estar involucrada, como demuestran las numerosas referencias desde la Antigüedad a alteraciones de la conciencia y alucinaciones en contexto de consumo de plantas con agentes antimuscarínicos (como la belladona), así como en enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o la Demencia por cuerpos de Lewy. Otras sustancias que podrían estar implicadas son la Serotonina, el Glutamato y los receptores GABA tipo A.

A nivel estructural, estudios en pacientes con enfermedad cerebral demuestran que lesiones neurológicas focales pueden provocar alucinaciones en cualquiera de sus formas sensoriales, si bien las más frecuentes serían las alucinaciones visuales de carácter simple. La modalidad va a sugerir la localización, de forma que las alucinaciones serán de carácter visual si la localización es occipital, auditiva si es temporal, cenestésica si es parietal u olfativa si se ubica a nivel del lóbulo frontal. En general, en estos casos se tiene conciencia de estar sufriendo una anomalía perceptiva, algo que numerosos autores señalan como elemento diferencial con las alucinaciones asociadas a trastornos psiquiátricos.

Por lo que respecta específicamente a las alucinaciones auditivas, estudios de neuroimagen sugieren una participación de diferentes estructuras relacionadas con el lenguaje, entre las que destacan el giro temporal superior, el área auditiva primaria, y las circunvoluciones temporoparietal supramarginal izquierda y prefrontal derecha. Los modelos neuropsicológicos publicados hasta la fecha, aunque diversos, coinciden en dos puntos fundamentales: la consideración de procesos internos (memoria, discurso o pensamientos) como la “materia prima” de las alucinaciones y, la experimentación de estas cogniciones internas y auto-generadas como algo ajeno a la persona, lo que se conoce como “alienación introspectiva”.

Por lo que respecta a la epidemiología, hoy sabemos que las alucinaciones auditivas, lejos de ser un síntoma específico de Esquizofrenia, aparecen en un gran número de patologías psiquiátricas (trastornos afectivos, disociativos, de la personalidad o trastornos por uso de sustancias) así como en cuadros orgánicos como la epilepsia, enfermedades degenerativas, lesiones cerebrales, sorderas congénitas o adquiridas o trastornos del sueño, e incluso como efecto secundario de fármacos.

Aunque con diferentes características, pueden aparecer también en la población general, sobretodo en niños y ancianos. En este grupo, se considera que las más frecuentes serían aquellas que ocurren en la transición entre sueño y vigilia, siendo lo más habitual el escuchar que alguien nos llama por nuestro nombre, neologismos o frases irrelevantes o referencias a alguna conversación reciente. Presentan además, en comparación con pacientes, una edad de inicio más precoz, una menor frecuencia y duración de las alucinaciones y voces que, característicamente, presentan un tono emocional positivo o neutral y conllevan, por tanto, un menor grado de angustia o distress.

En aquellas personas en las que estos fenómenos sí generan malestar el tratamiento va a depender en gran medida del diagnóstico, si bien lo más habitual es el empleo de antipsicóticos incisivos. En casos resistentes pueden emplearse también la Terapia electroconvulsiva o la estimulación magnética transcraneal, siendo en ambos casos la respuesta rápida aunque poco sostenida en el tiempo. Como dato importante señalar que, pese a los avances, hasta un 33% de las alucinaciones continúan siendo refractarias al tratamiento convencional.

Posiblemente motivados por esta refractariedad o resistencia al tratamiento convencional surgen, en los últimos años, numerosas terapias orientadas tanto a la aceptación como al control de las voces por parte del individuo. Estas intervenciones, cuyo objetivo final no sería el eliminar las voces sino más bien integrarlas en la totalidad del self, de forma que podamos observarlas como una parte más de nosotros mismos, sin identificarnos, han demostrado su efectividad en la reducción del estrés y creencias negativas asociadas a las alucinaciones, así como en una disminución de hasta el 50% en el numero de hospitalizaciones. Escuchémoslas.

Dra. Elisa Ibáñez. Psiquiatra de IVANE SALUD.

Jose Maria Marco. Psicólogo de IVANE SALUD.

Unidad de Salud Mental y Psiquiatría Hospitalaria en Vithas Hospital Nisa Valencia al Mar.

Clínica de Desintoxicación y Patología Dual en Vithas Hospital Nisa Aguas Vivas.