En la película “Días de vino y rosas” todos los espectadores se terminan enamorando de la dulzura, espontaneidad e inocencia de Lee Remick, al menos en los primeros compases del film. En algún momento de la película, la mayoría de personas hubiéramos deseado que la persona que menos merecía esa evolución fuera la citada actriz, e incluso a expensas de que Jack Lemmon no hubiera afrontado su problema de alcoholismo.

En el abordaje de las adicciones en general, la realidad supera a la ficción de la película “Día de vino y rosas”. Es frecuente que tras una persona con drogodependencia al alcohol, la cocaína, el cannabis u otras sustancias, encontremos a la pareja del paciente adicto.

La pareja del adicto no cumple un perfil de tipología descrita, ni un patrón de comportamiento predecible. Es difícil saber, si la pareja del adicto presenta una caracterología disfuncional previa, velada o no, y que la situación mantenida en el tiempo de tensiones y estrés que supone la convivencia con la persona adicta desate cierta vulnerabilidad en forma de trastornos de adaptación, depresiones, estados/rasgos caracteropáticos o trastornos adictivos en el que existe consumo de alcohol, drogas o fármacos junto al adicto primario.

Del mismo modo, entrar a analizar qué motiva a la pareja del adicto a permanecer al lado del enfermo durante años, incluso a expensas de su propio desmoronamiento personal y la ruptura de expectativas vitales, supone desentrañar la afectividad, la moralidad, la educación, el instinto, las pasiones y  aquellos patrones de comportamientos, que si bien sería un interesantísimo debate, no llegaría a dilucidar a ciencia cierta qué moviliza a la persona a tomar ciertas decisiones de romper o mantener la relación con una persona con esta enfermedad.

Con independencia del tipo de adicción, a lo largo del tiempo se instaura un deterioro y una progresión en etapas hacia una destrucción personal y familiar cuando en la dinámica de pareja existe un trastorno adictivo o alcoholismo en el/la cónyuge.

Estas etapas no tienen un tiempo definido, pues depende, no solo de factores sistémicos, sino de otros factores intrínsecos o extrínsecos a la pareja y del entorno, que puede, bien acelerar o bien desacelerar su paso en cada una de éstas fases, incluso estancarse durante toda la vida en una belle indiference que mantenga un consumo activo del adicto de bajo riesgo con independencia de la intensidad de las repercusiones personales, familiares, sociales o laborales.

La identificación de la fase en que se encuentra la pareja del adicto, tienen un valor terapéutico, en relación a los tiempos de actuación profesional y su eficiencia, ya que cuando más tiempo está el trastorno adictivo instaurado en el seno familiar la mejoría puede ser no tan notable y, también, tiene un valor pronóstico de mejoría global a largo plazo de la persona adicta y su mundo. Ya que sea cual sea la naturaleza o las dificultades que sean detectadas durante la intervención terapéutica, la pareja del adicto, necesita un tratamiento específico por parte de los profesionales, en alguna de las fases de tratamiento del enfermo adicto.  

Desintoxicación, deshabituación, rehabilitación o reinserción. 

Las fases por las que generalmente pasa la pareja de la persona que sufre drogodependencia son las siguientes:

En la primera fase, la pareja del paciente adicto asume una posición de minimización y negación del trastorno adictivo de su pareja. De forma poco velada suelen existir actitudes de control pasivo o prevención de las situaciones de riesgo, que no pone remedio ni frena el consumo de la persona adicta y que inevitablemente intensifica el problema, por la propia naturaleza de una adicción instaurada.

En la segunda fase, existe el aislamiento de la familia, es un mecanismo defensivo desde la protección a la intimidad y las dificultades de asunción de que existe un problema de adicción en casa, de alguna manera, se echa el cerrojo en la puerta y se produce una impermeabilización de los problemas hacia el exterior y de la familia no nuclear. Es la primera guerra psicológica que se desata en la cabeza de la pareja del adicto, pensar que el paciente puede cambiar y que todo revertirá de forma espontánea con el único arma del apoyo emocional y el control de estímulos.

La tercera fase, es la de reconocimiento del problema, la pareja del adicto asume que todo se escapa al control, el agravamiento es progresivo y el mundo se desmorona. En este momento ya existe un deterioro en las relaciones y existe repercusiones objetivas, bien en el trabajo, en el patrimonio, en la economía, problemas legales e incluso manifestaciones en los hijos, en caso de tenerlos, pues inevitablemente se contamina de las tensiones, bien desde el desapego o bien en forma de diferentes desórdenes psicológicos y los casos mas graves con la eclosión de trastornos psiquiátricos genuinos. Es el principio de la segunda guerra psicológica de la pareja del adicto. Asume que no existe una reversibilidad espontánea y se recrudecen las conductas de alejamiento, aislamiento, temor, culpa, pena… Apareciendo emociones negativas de paralización a buscar soluciones. Esta es la fase de la que hay que salir cuanto antes, pues bloquea cualquier ayuda externa de profesionales o familiares protectores. Puede marcar el pronóstico de la recuperación de la persona con adicción si no se asume de forma honesta y transparente que se necesita invertir todo el tiempo y recursos disponibles para tratar la enfermedad y revertir al máximo sus consecuencias. 

La cuarta fase, es la fase de movilización. El tiempo se acaba, todo se torna urgente y la pareja del adicto decide que debe hacerse algo. Bien de forma unilateral, y de forma desesperada en búsqueda de una solución rápida que no existe. Bien intentando convencer al paciente adicto y la necesidad de realizar una intervención de profesionales que conlleva ingreso en centro especifico en los casos mas graves o un tratamiento ambulatorio intensivo. En este momento, se produce la catarsis de una situación que durante un largo tiempo ha estado en un frágil equilibrio. Es lo que coloquialmente se conoce como “una persona adicta nunca da el paso por si mismo, necesita ser empujado por alguna persona de confianza”. y por desgracia, casi siempre es así. Es muy difícil identificar el riesgo y lo que uno se juega en los estadios preliminares a pesar de existir consecuencias objetivas. La catarsis o una crisis de mayor o menor intensidad no sólo es necesaria, sino también terapéutica. Ya que hace que se pongan los contadores a cero en términos de confianza, compromiso, responsabilidad y comunicación. Es el momento de decirle a la persona enferma que se le apoya y se le acompaña en unos términos muy definidos, pero le toca elegir que camino quiere tomar, o continuar en la adicción o responsabilizarse de recibir la ayuda psicológica, psiquiátrica, social, y espiritual necesaria.

Si la cuarta fase no cuaja en un compromiso de iniciar y mantener un tratamiento específico o no tenido éxito, el futuro no es nada halagüeño. Tal vez la pareja se separe, o bien continúe durante unos años más, en los que aparecerán crisis en la pareja, separaciones emocionales, separaciones físicas junto con periodos de control policial mediante mensajes emociones dobles y de colorido regresivo (riñas, reconciliaciones, amenazas, castigos) y en otras ocasiones de periodos de una lucidez desde la complacencia y la comprensión. De una forma o de otra, si no existe una responsabilidad de cambio y de asumir un abordaje terapéutico de la mano de profesionales, la adicción termina ganando la batalla y destrozando las vidas del paciente que lo sufre, su pareja y sus familiares.

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