El alcohol ha sido asociado desde siempre a una serie de efectos sobre el organismo y la conducta que en su gran mayoría se trata de mitos o creencias interesadas que no se corresponden con la realidad. Ideas en torno a su capacidad calorífica, a supuestas capacidades energizantes o de resistencia física… han sido todas ellas desmontadas y rebatidas.

La asociación del alcohol al sexo es también muy popular. Los supuestos efectos potenciadores del alcohol se refieren a distintos ámbitos, especialmente la excitación, como afrodisíaco, y como supuesto potenciador del acto sexual.

Respecto a lo primero, el mito del alcohol como afrodisíaco, no existe ninguna evidencia ni estudio que demuestre un potencial excitante o que provoque un aumento en el deseo sexual. Esto puede parecer contradictorio, ya que choca con una impresión muy generalizada de que el consumo (normalmente moderado) de alcohol favorece este proceso.

La explicación para esto es que al tratarse el alcohol de una sustancia depresora del Sistema Nervioso Central, su consumo moderado rebaja el estrés inicial ante un encuentro o posible relación, lo que contribuye a percibir una cierta relajación o bienestar y, con ello, un mayor deseo sexual.

Pero esto implica problemas importantes:

En primer lugar, la persona que se habitúa a beber –aunque sea poco-  para relajarse e iniciar un encuentro sexual, desarrollará cada vez más miedo e inseguridad a no ser capaz de funcionar bien sin el alcohol. Es decir, dependerá de ese consumo para actuar bien, lo que es una forma de dependencia o adicción.

Por otra parte, el consumo de alcohol nunca se hace en dosis únicas o puntuales (como los fármacos, con una pauta cada cierto tiempo), sino que la persona siempre tenderá a beber un poco más, por lo que rápidamente los posibles efectos “beneficiosos” se volverán en contra.

No podemos olvidar que la capacidad depresora del alcohol juega directamente en contra de la actividad sexual, que requiere activación. Por pura lógica, el consumo o el abuso del alcohol serán siempre contraproducentes para el sexo.

Eso mismo es lo que sucede con la segunda parte señalada al principio. En el desarrollo del acto sexual, se requiere un grado de activación que puede resultar muy perjudicado por la presencia de alcohol en el organismo. Los problemas típicos de estos casos son la flaccidez, la falta de sensibilidad y la eyaculación retardada, principalmente.

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