Existe una opinión entre personas consumidoras de drogas, y en especial de cocaína, que afirma que el hecho de que se haga un consumo social de cocaína es algo que le resta peligrosidad, puede incluso reducir su potencial adictivo y que ese tipo de consumo otorga un adecuado control de la situación.

Es posible que esta opinión se respalde en la típica imagen de la persona con problema de adicción, que consume en soledad, aislado, buscando un entorno íntimo y sin una finalidad clara.

Pero esta forma de concebir las adicciones parte de un grave error y es pensar que el consumo social protegerá al usuario de las terribles consecuencias de la adicción. Y nada más lejos de la realidad. En este contexto estamos hablando de uno de los muchos patrones de consumo perjudicial de cocaína con consecuencias nefastas a medio plazo en todas las áreas funcionales y que demora la búsqueda de ayuda porque existe una nula asunción de problema y una negación de que “esté pasando algo”.

Para entender la cercanía entre la imagen de un consumidor de cocaína social y uno aislado, bastaría con preguntar a este último cómo empezó a frecuentar la droga: difícilmente encontraremos a alguien que empezase a solas; prácticamente todos dieron los primeros pasos en un entorno de amistades o conocidos, de los que progresivamente se fueron distanciando conforme los niveles de consumo aumentaron tanto que la adicción y sus consecuencias les obligaron a evitar el contacto con los demás, con el fin de no llamar la atención.

En este contexto, se diferencian tres fases hasta llegar a la adicción establecida:

  1. ª etapa: consumo esporádico e irregular de cocaína en el que el refuerzo positivo y la activación de placer supera a los efectos negativos. En esta primera etapa no existe una repercusión funcional objetivable.
  2. ª etapa: consumo por inercia. La persona no sabe muy bien el motivo real de consumo, se convierte en “algo rutinario” y “algo habitual”. En esta fase no se evidencia los efectos placenteros de la sustancia, la persona incorpora la conducta adictiva en su día y día, y existe repercusiones en las relaciones humanas y las responsabilidades diarias objetivadas por el entorno más cercano.
  3. ª etapa: adicción establecida. La persona no puede dejar de consumir por las repercusiones emocionales negativas o el malestar personal que provoca. El consumo queda integrado en la persona como una conducta repetida y un pensamiento obsesivo que roba tranquilidad y sosiego. Independientemente del tiempo que se esté sin consumir, tanto el pensamiento, como la actividad diaria gira en torno a la posibilidad del consumo o al acto comportamental de la adicción. La persona esta presa y queda esclava. Existen graves repercusiones personales, sociales, familiares, laborales y académicas asociadas y está en riesgo de padecer algún trastorno psicológico concomitante a la adicción.

Hay que entender los problemas causados por el consumo de cocaína, y de todas las drogas en general, como una evolución por diferentes etapas progresivas, y no como una especie de categorías que se reparten por suerte (“a fulano le ha tocado ser adicto, mientras que mengano tiene suerte, es un consumidor social y nunca tendrá problemas”).

El consumo continuado y cada vez mayor de la cocaína va causando problemas cada vez más evidentes y hace que el consumidor se aparte de su entorno habitual, evite el contacto con personas cercanas, se junte con extraños o acabe tomando la cocaína solo, en una forma de consumo que al final solo tiene como objeto alimentar al monstruo de la adicción, que se muestra siempre conforme es, insaciable e implacable.

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