A día de hoy, nadie es ajeno a que formamos parte de una cultura del consumismo, una baja tolerancia al malestar, una necesidad inculcada desde la infancia por ser los mejores, la necesidad de ser más productivos e imprescindibles en el trabajo y en nuestro tiempo libre centrarnos en el placer máximo y fácil.

Hace pocos meses, acudió a la consulta un paciente que trabaja como director general en una importante empresa privada en una ciudad europea. Siempre había sido una persona brillante desde la infancia, de matrículas de honor en la carrera y, a nivel laboral, el colaborador ideal para cualquier empresa: fiel, responsable, meticuloso, trabajador, diligente, colaborador…

Su máxima aspiración había sido no defraudar esas expectativas que su familia acomodada le había transmitido durante años, teniendo el deber de ser perfecto y en mantener ese ritmo con independencia del proceso madurativo personal en el que se encontrase.

A los 19 años comenzó a tomar pastillas de cafeína que le ayudaban a permanecer más tiempo despierto y concentrado junto con algún porro por la noche que pronto cambió por ansiolíticos que le facilitaban desconectar su mente durante la nocturnidad… Manteniéndose así durante los años de carrera. Al terminar, en su primer trabajo pronto ascendió a puestos de responsabilidad, viajaba a diferentes países con frecuencia y se hacía necesario continuar tomando ansiolíticos durante la noche y algo de alcohol durante el día pues las comidas de empresa eran eternas y siempre son mas fructíferas las negociaciones durante la sobremesa. Este frenético ritmo hacía que cada vez se encontrara más cansado, solo en los hoteles de cuatro estrellas y con la sensación que podría ser más productivo si lograba mayor concentración y dinamismo… Así que la cocaína, el alcohol y el alprazolam se convirtieron en sus compañeros de viaje junto con el cepillo de dientes, su traje y su maletín.

Estos consumos de sustancias se hicieron cada vez más frecuentes, a mayor cantidad, pero traspasó una frontera insostenible... Había dejado de ser esa persona brillante y trabajadora para convertirse en una persona presa de sus adicciones, depresiva, incapaz de tener una conversación con su familia y de la que su empresa no sabía como prescindir de él. Se había convertido en una persona alcohólica, cocainómana y abusadora de benzodiacepinas que necesitaba a diario este cocktail para poder aguantar el tipo aunque la realidad era que no quedaba ni la sombra de lo que un día fue. Esclavo y preso de ese ritmo de vida y con graves repercusiones en su salud física, psíquica y abandonado por su esposa y sus hijos, sus amigos y despedido del trabajo.

Inevitablemente, llegados a este punto es fácil pensar que no hay retorno. No es fácil asumir un fracaso personal, haber fallado a “esas personas y familiares”, que épocas pasadas de éxito no aseguran mantener los logros conseguidos el resto de los días y lo más importante, reconocer de forma honesta y transparente que se ha instaurado un proceso de enfermedad y que se necesita la ayuda de profesionales.

En este caso, el proceso de recuperación necesitó de un intenso tratamiento médico y psicológico en una clínica de desintoxicación y lo más importante asumir la pérdida que implica afrontar la vida de forma distinta y sufrir una transformación personal que requería más esfuerzo, dedicación y constancia de lo que hasta ahora había realizado a lo largo de su vida. En resumen, asumir que para ganar se necesita perder, que menos es más y que como casi todo en la vida el bienestar de uno y los suyos tiene un precio.

Este caso real, puede corresponder al perfil de muchas personas, que aún sin llegar a esta intensidad, progresivamente entran en un bucle de estrés, ansiedad, insomnio, consumo de excitante o ansiolíticos y alta exigencia externa que domina su existencia. Día tras día. Semana tras semana. Año tras año.

Se pierde el objetivo real de nuestra existencia “vivir”. Vivir es levantarse cada mañana con la personas que queremos, disfrutar de la tranquilidad, invertir tiempo en actividades que nos satisfacen a nosotros y a los nuestros, no caer en la tentación de extrema productividad, evitar el consumismo que nos inculcan los medios de comunicación, saber que el dinero va y viene, intentan satisfacer a los demás, dejar de la lado el reconocimiento externo, aceptar a las personas que nos quieren y queremos tal y como son, y sobre todo saber que el tiempo de vida es finito, que cada día que pasa nuestro tiempo vale más porque inexorablemente nos queda menos. Ya que no somos eternos.

En las etapas cercanas al final de vida, la australiana Bronnie Ware, experta en cuidados paliativos, reunió en un libro las reflexiones que personas en su lecho de muerte le confesaban. En esos momentos de final de vida, existe una maduración personal y emocional que incluyen negación, miedo, enfado y arrepentimiento antes de llegar a la aceptación… Justamente, Bronnie Ware objetivó que independientemente del sexo, la edad, la clase socio-económica o la situación personal, se repetían las mismas frases y lamentos durante el periodo de lucidez del paciente previo a la muerte.

Los dos principales arrepentimientos  eran: 

1. “Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera”;

2. “Ojalá no hubiera trabajado tanto”.

Otras verbalizaciones frecuentes de las personas moribundas es que por constantes postergaciones, no habían dedicado tiempo a actividades de ocio, espirituales, artísticas o de esparcimiento por las que sentían mucha atracción, y que justamente en este momento de vida tenían la necesidad cerrar “viejos” asuntos emocionales… “Para poder dejar este mundo en paz, la persona debe sentir que los vínculos con sus seres queridos están sanos, sin resentimientos ni asuntos inconclusos, habiendo perdonado y habiendo sido perdonados antes del último adiós”.

Este hecho debe hacernos reflexionar, ahora que tenemos tiempo, y decidir hacia donde queremos dirigir nuestra existencia, identificar lo que necesitamos para llevar una vida agradable y las cosas realmente importantes… Con toda seguridad esto lo encontraremos en las cosas sencillas y más cerca de lo que a priori uno pueda pensar.

Dr. Augusto Zafra, psiquiatra y director de IVANE