Abuso de hipnosedantes: ¿Una nueva epidemia?

Entre los fármacos más consumidos en todo el mundo se encuentran los conocidos como “hipnosedantes”, sustancias empleadas para el tratamiento de problemas de sueño o síntomas de ansiedad de distinta etiología.

En los últimos años se ha registrado un notable incremento de la demanda y prescripción de estos fármacos hasta el punto de considerarse, a día de hoy, la tercera sustancia adictiva más consumida en España, solo por detrás del alcohol y del tabaco.

Concretamente, estudios recientes señalan que hasta un 7,4% de los hombres y un 15,3% de las mujeres consumen habitualmente medicamentos hipnosedantes. Además, su frecuencia aumenta progresivamente con la edad, considerándose que la prevalencia sería aún mayor en pacientes mayores de 55 años.

Aunque su potencial hipnótico y ansiolítico es indiscutible, el riesgo de abuso de estos fármacos, y con ello el riesgo de presentar reacciones adversas graves, no siempre es tenido en cuenta. Entre las posibles complicaciones se encuentran el deterioro de la coordinación motora o funciones cognitivas (memoria, atención), vértigo, disfunción eréctil o, en algunos casos, una desinhibición paradójica que incrementa la impulsividad y empeora los síntomas de pacientes con trastorno de estrés postraumático, trastorno límite de la personalidad o problemas en el control de impulsos.

Se sabe, además, que los hipnóticos pueden dar lugar a complicaciones neonatales y precipitar el desarrollo de demencias y de determinados cánceres, como el de esófago, pulmón, colon o próstata.  Su sobredosificación, especialmente en pacientes de edad avanzada, da lugar a síntomas de sedación y somnolencia, con riesgo de caídas y fracturas que, cuando se producen, ocasionan una importante pérdida de autonomía.

Su uso durante un tiempo prolongado provoca además una desregulación descendente de los receptores GABA-A, lo que se traduce en fenómenos de dependencia y tolerancia y, en consecuencia, en una mayor demanda de medicación por parte del paciente.

Por ello, estos fármacos deberían ser prescritos con cuidado y durante el mínimo tiempo necesario. Siguiendo las recomendaciones de la Agencia Española del Medicamento, su uso debería limitarse al tratamiento de trastornos intensos (que limiten la funcionalidad del paciente o le sometan a un estrés importante) y establecerse una duración máxima de 8-12 semanas para el tratamiento de la ansiedad y unas 4 semanas para el tratamiento del insomnio, considerando siempre otras opciones terapéuticas.

Alberto Manero. Psicólogo de IVANE SALUD.

Dr. Fernando Andrés España. Psiquiatra de IVANE SALUD.

Unidad de Salud Mental y Psiquiatría Hospitalaria en Vithas Hospital Nisa Valencia al Mar.

Clínica de Desintoxicación y Patología Dual en Vithas Hospital Nisa Aguas Vivas.